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LA LIBERACIÓN DE ELEGGUÁ

Eleguá, que es muy fiestero, estaba triste porque en la casa de Shangó había un tambor el domingo y él no podía asistir porque no tenía dinero. En eso pasó Obatalá por allí y viéndolo tan compungido, le preguntó:

–¿Qué te pasa?

Eleguá le contó el motivo de su tristeza.

–No importa –le dijo Obatalá–, yo te presto tres pesos, con la condición de que el lunes tú comiences a pagármelos con trabajo.

Así acordado, Eleguá comenzó a trabajar el lunes en casa de Obatalá. Transcurrieron varias semanas, las semanas se convirtieron en meses y Obatalá nunca decía cuándo se acababa de pagar aquella deuda. Hasta que un día se enfermó y llamó a Orula, para saber cuál era su padecimiento.

–Mira –le dijo Orula–, la causa de tu enfermedad es que tienes un preso en tu casa.

–¿Yo? –pensó Obatalá durante un rato.

Cuando se acordó de lo que había sucedido con Eleguá lo mandó a buscar y le dio tres pesos.

–Quiero que vayas a casa de Shangó –le dijo–, pues creo que hay un güemilere. Puedes quedarte por allá; ya me pagaste con creces. Pero eso sí, ven a verme de vez en cuando.

OREJA NO PASA CABEZA

Orula tenía tres hijos a los que había enseñado con paciencia. Pero los muchachos resultaron ser soberbios y querían saber más que el padre.

Eleguá, enterado de todo, preparó la manera de encontrarse ellos.

–Eleguá, ¿qué llevas ahí? –preguntó el mayor, que fue el primero en verlo e intrigarse por una cazuela que llevaba el dueño de los caminos debajo del brazo.

–Esta cazuela que yo he preparado hace milagros –repuso Eleguá.

El pequeño e inquieto Eleguá les explicó cómo con aquella cazuela ellos podrían cortarse la cabeza, tirarla para el aire y luego caería en el mismo sitio.

–Con esto sí que podemos dejar al viejo atrás –dijo uno de los hermanos.

Después de varios arreglos, le compraron el artefacto a su dueño y partieron raudos a casa del padre para demostrarle su poder.

Eleguá, que los siguió discretamente, se escondió en la copa de árbol muy próximo a la casa de Orula.

Los hermanos salieron para mostrarle al padre de lo que eran capaces. El primero de ellos se cortó la cabeza y la tiró al aire, pero Eleguá la cogió desde su escondite y el cuerpo cayó inerte.

El segundo en edad, al ver el fracaso de su hermano afirmó:

–Ese no supo hacerlo. Ahora usted verá cómo se hace.

Y le sucedió lo mismo.

El más pequeño de los tres, en su ceguera por querer ser más poderoso, aseguró que sus hermanos eran unos ignorantes y que él sí sabía hacerlo. Su cabeza también fue a dar a manos de Eleguá.

Los tres murieron en el intento de ser más sabios que aquel que los había enseñado. Por eso se dice que la oreja no puede sobrepasar la cabeza.

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